La lección de hoy, querido Julio, joven descuidado, es: si ella es más necesaria para ti en tu vivir que tú para ella en el suyo, adoptarás gran predisposición al sufrimiento interior, consciente o inconscientemente.
Tu amada Minerva sopló su vela, cerró la puerta y accionó la cerradura desde su lado. Te ha excluido de su vida libre, resignada y pacíficamente, y no te has querido dar cuenta y ahora vienes humillado y alterado. Culpa tuya amigo, y de tu falta de serenidad. La niebla que te rodea y las ráfagas de luz que a veces te deslumbraban, despertaron tu locura más auto-destructiva para descentrar tu punto de vista. Y aún descentrado lo traes a mí como si a Alkibiades renacieras, preguntándote si era ella consciente de tu locura, ahora que lo eres tú, y si debería haberte apoyado o ayudado si tal vez te quería. Minerva aprendió a seguir respirando sin tu aliento, por mucho que pudiesen confundirte sus recuerdos de cariño, sus ojos melancólicos o su aparente delicadeza. Ahora te quiere, pero no cerca de ella, sino más indolentemente, no como entonces, no para algo... Dividió su día y te separó a ti y lo que puedas significar en su ánima, del resto de contexto en su ser y mientras tú... mientras, Julio has estado sin saber qué hacer, sin saber qué decir o cómo actuar, pero con los sentimientos no conscientes exageradamente confundidos. Y finalmente haces uso de tu vergüenza irracional, de tu incomprensión herida, de tu amor desenfocado y ofreces a la diosa un sacrificio humano, el tuyo propio. Tú mismo te has vencido Julio, ofreciendo en bandeja la victoria que las cimitarras persas no pudieron cobrarse en batalla. Ahora podrán hablar de que cayó Julio...
Te sientes desesperadamente convencido de que ya no podrás conocer la felicidad completa, que sin Minerva se evapora el verdadero amor. Piensas incluso que ella a su vez perdió la oportunidad y tal vez se arrepentirá también y, te repites "yo por loco y ella por despreocupada". Te percibes ahora condenado a lo que te suscita mirar a las estrellas, te ves allí lamentando lo que pudo ser y no fue, y casi ya adivinas conflictos con tu primer pensamiento del día. Bueno Julio, como te he dicho, tu prisma está confuso y vives una realidad paralela. Confía en que con el tiempo serás más optimista.
Es tiempo ahora de emprender campaña fuera de Roma. Rodéate de tus mejores centuriones y parte de viaje enrabietado sin mirar atrás, en busca de fundar un nuevo imperio y, tal vez allí en otros aires y entre féminas mortales seas más capaz de comprender y de asumir. Y con el espíritu sano, puede que entonces seas coronado César de tu imperio bajo una corona de laurel. Deseo, mi querido Julio, que sabrás forjarte un destino satisfactorio. Aprehende lo aprendido, lo sentido y lo vivido, y emprende tu propio camino fuera de Roma y fuera de Minerva.
Alea iacta est
El Torrao.
Tu amada Minerva sopló su vela, cerró la puerta y accionó la cerradura desde su lado. Te ha excluido de su vida libre, resignada y pacíficamente, y no te has querido dar cuenta y ahora vienes humillado y alterado. Culpa tuya amigo, y de tu falta de serenidad. La niebla que te rodea y las ráfagas de luz que a veces te deslumbraban, despertaron tu locura más auto-destructiva para descentrar tu punto de vista. Y aún descentrado lo traes a mí como si a Alkibiades renacieras, preguntándote si era ella consciente de tu locura, ahora que lo eres tú, y si debería haberte apoyado o ayudado si tal vez te quería. Minerva aprendió a seguir respirando sin tu aliento, por mucho que pudiesen confundirte sus recuerdos de cariño, sus ojos melancólicos o su aparente delicadeza. Ahora te quiere, pero no cerca de ella, sino más indolentemente, no como entonces, no para algo... Dividió su día y te separó a ti y lo que puedas significar en su ánima, del resto de contexto en su ser y mientras tú... mientras, Julio has estado sin saber qué hacer, sin saber qué decir o cómo actuar, pero con los sentimientos no conscientes exageradamente confundidos. Y finalmente haces uso de tu vergüenza irracional, de tu incomprensión herida, de tu amor desenfocado y ofreces a la diosa un sacrificio humano, el tuyo propio. Tú mismo te has vencido Julio, ofreciendo en bandeja la victoria que las cimitarras persas no pudieron cobrarse en batalla. Ahora podrán hablar de que cayó Julio...
Te sientes desesperadamente convencido de que ya no podrás conocer la felicidad completa, que sin Minerva se evapora el verdadero amor. Piensas incluso que ella a su vez perdió la oportunidad y tal vez se arrepentirá también y, te repites "yo por loco y ella por despreocupada". Te percibes ahora condenado a lo que te suscita mirar a las estrellas, te ves allí lamentando lo que pudo ser y no fue, y casi ya adivinas conflictos con tu primer pensamiento del día. Bueno Julio, como te he dicho, tu prisma está confuso y vives una realidad paralela. Confía en que con el tiempo serás más optimista.
Es tiempo ahora de emprender campaña fuera de Roma. Rodéate de tus mejores centuriones y parte de viaje enrabietado sin mirar atrás, en busca de fundar un nuevo imperio y, tal vez allí en otros aires y entre féminas mortales seas más capaz de comprender y de asumir. Y con el espíritu sano, puede que entonces seas coronado César de tu imperio bajo una corona de laurel. Deseo, mi querido Julio, que sabrás forjarte un destino satisfactorio. Aprehende lo aprendido, lo sentido y lo vivido, y emprende tu propio camino fuera de Roma y fuera de Minerva.
Alea iacta est
El Torrao.
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1 comentarios:
Ahh ¡el amor perdido!
¿Y quién no ha tenido que recuperarse alguna vez de la pérdida de una "Minerva" en su vida??
¡Gracias por la visita!
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