martes, septiembre 15, 2009

Contra Periolistos y Politiquillos

Había tenido algunas referencias en contra y a favor de un espacio televisivo titulado “El gato al agua”. Y hoy mismo me lo he encontrado en uno de esos barridos que se hacen por los diversos canales, haciendo uso del poderoso mando a distancia del televisor, pasando por las diferentes propuestas que se encuentran en emisión, en anhelante búsqueda de algo mejor o más interesante.

Es un programa de esos llamados “tertulias”, irónico sustantivo para identificar eso que resulta de quitarle a un debate cualquier atisbo de neutralidad, y aún así disfrazarlo de debate, tan común en la parrilla televisiva. Este lo conduce un señor de mediana edad, sin atisbo de calvicie o aparición de la mínima cana bajo el tinte, y con una voz y unas costumbres semánticas que le delatan como curtido locutor de radio. Con gesto impávido el hombre, excesivamente maquillado, mira a la cámara fijamente mientras habla en exquisita entonación, dando la palabra a su izquierda y derecha, a los diferentes participantes, de manera algo desigual, si acaso.

En una emisora audiovisual llamado Intereconomía, si uno se entera de que van a llevar a cabo un debate a cinco bandas sobre la crisis, puede tener la tentación de imaginar que encontrará unos tertulianos de insuperable calibre en lo que a economía se refiere. Se puede uno poner a divagar si tal vez tendrá la oportunidad de oír a algún catedrático, o tal vez a alguien súper-galardonado en los foros más prestigiosos… Estos de Intereconomía pintarían adecuados para eso, y podría caber esperarse. Sobre todo porque lo anterior que recordamos de este canal, es ver índices bursátiles moviéndose en la tele, sin meterse en los problemas de las guerras de los medios que se batallaban en otros lugares.

Pues nada de eso, el panorama que uno encuentra, desde el primer guiño por parte del moderador, es totalmente diferente a cualquier colección de eruditos que uno pueda haber soñado.

La mesa de oradores está compuesta por dos militantes del Partido Popular, uno de Unión, Progreso y Democracia1, una Periodista conocida columnista y habitual opinadora a sueldo en este tipo de parlamentos televisados , y un último Periodista al que desconocía, y que presenta una imagen elegante, al estilo italiano, con perilla de Mosquetero.

Para amenizar la conversación, y de paso evitar la sequedad de la boca de los contertulios, se les dispone a todos los participantes de una copa de vino tinto frente a ellos, para que vayan dando sorbos entre una intervención y otra. Diría yo que lo de hacer botellón en la tele es un acto de rebeldía hacia esa tendencia de eliminar de las emisoras, al menos visiblemente, los presentadores ahumados por el tabaco, o echando tragos a una copa de graduación considerable para acabar hablando a voces del mineralismo2 y su llegada inminente... Parece que este canal, Intereconomía, la cadena del toro bravo que enviste cojo, aboga por volver a las viejas costumbres televisivas.

En último lugar, me gustaría fijarme en la figura de Marian, la chica de los planos cortos. Se trata de una joven con ojos luminosos y gesto impertérrito que se encarga de informar sobre el estado de las respuestas de los espectadores acerca de la pregunta del día, y al final del programa es quien otorga a uno de los participantes el ansiado “gato al agua”, un muñeco aparentemente adquirido en un bazar asiático de bajo coste, que se adquiere por votación popular a través de los mensajes desde los teléfonos móviles de la gente. Acerca de esta mujer, me cabe preguntarme sobre la necesidad de su presencia y lo que realmente aporta a la escena que no sea machismo desbordado, y sólo reparo en sus ojos brillantes como respuesta a mi duda, dentro de nada le pondrán un escotazo, que nos indicará a los espectadores el porcentaje de audiencia del día anterior. Se me pasa por la mente la expresión “mujer florero” y se me antoja la Pilar Rubio de Intereconomía, a la que le han ahorrado hasta el hablar, por si les salía con la voz ultrasónica de la reportera de la Sexta.

El programa, naturalmente, es un insulto al Periodismo en sentido purista. Y digo naturalmente porque últimamente es lo que se espera. 59 segundos, Alto y Claro, La Noria… hay muchos y todos son lo mismo: apología de la bronca, con una única posible diferencia que se resuelve a los dos minutos de visionado: la tendencia política del medio en cuestión. Ahí se fomenta el canibalismo hacia el contrario, se incita soltar la barbaridad más innecesaria defendiendo lo indefendible y queriendo ser más papista que el Papa mismo. Se plantean contextos donde el moderador toma parte, se presenta un desequilibrio manifiesto en cuanto a partidarios de las dos posiciones (PP vs. PSOE), que también es una lástima que no suela haber diversidad y no se cuente habitualmente con los grupos minoritarios.

Si un estudiante de primer curso de una facultad de Periodismo, en ejercicio vocacional y entusiasta, se dispone a contar adjetivos y sustantivos mientras atiende a estos programas, o a cronometrar el tiempo que se les brinda a unos y a otros, podría escribir su tesis sobre ética periodística en diez minutos.

Son ellos, los periodistas titulados, los que aceptando sus propias reglas, se comprometen al rigor de la información, y no veo por qué no tengan que cumplirlo. Para más inri, si alguien les critica y les advierte de lo malévolo de mezclar opinión con información, ellos se indignan y ponen el grito en el cielo enarbolando la bandera de la libertad de expresión… ¡caramba, no es esa la única libertad que entra en juego!

Ese derecho lo tenemos los ciudadanos como individuos, por su puesto. Ahora bien, éste se ve condicionado hasta el punto de poder ser obviado si entra en conflicto con los derechos de otros. Esa es la razón por la cual un juez o un abogado no pueden airear datos sensibles que concurren en los juzgados y que conciernen a terceras personas. Así como a un médico no se le permite dedicarse a relatar quién ha sufrido tal enfermedad, o como un sacerdote que debe ser discreto con los secretos a los que pueda tener acceso en un confesionario. Tampoco a un Ingeniero aeronáutico se le puede ocurrir mandar por email a sus contactos el último diseño del proyecto de tal avión espía, ni un banquero podría pensar en compartir con alguien los números más secretos de la entidad para la que trabaja. De modo que todos como ciudadanos tenemos unos derechos, pero éstos cambian y son otros en el ejercicio responsable de nuestro trabajo. Y en el caso de los Periodistas lo que prima es el derecho a la Información veraz y neutral con la que cuentan los lectores, oyentes o telespectadores.

No sé qué ha pasado con la televisión y los medios de comunicación en general, pero alguien se los ha cargado del todo y se ha llevado lo peor de “Aquí hay tomate” y similares, al periodismo político mínimamente serio. En algún momento entre la Transición y los días que vivimos, hemos convertido los medios de prensa en medios de promoción política sectaria. Es decir, las televisiones, las radios, los periódicos, son hoy por hoy Tele-PP o Tele-PSOE.

Y son personas de carne y hueso las que están detrás de todo. Son gentes con familia, como cualquiera, criados en cualquier barrio de cualquier ciudad. Gentes a quienes se les presuponen virtudes intrínsecas en los estudios de Periodismo. Pero un día decidieron traficar con su propio espíritu crítico, ese con el que soñaban les daría fama y prestigio...

Si desde finales de los setenta el Periodismo español, pudiéramos decir que venía contribuyendo al asentamiento del Sistema Democrático español de forma pacífica, a día de hoy tenemos que darnos cuenta de que el panorama ha cambiado radicalmente, y los ángeles se han caído y son hoy demonios. Eran tiempos en que los medios eran independientes, en que se podía decir la verdad porque no se jugaban nada más que la propia dignidad profesional. Pero supongo que todos tenemos un precio…

Así que lo que se podía haber convertido en un panorama periodístico apasionante, con vocación y capacidad de despertar reflexión en la opinión pública, cada vez más numerosa en el mínimo nivel cultural, ha acabado siendo un compendio de grupos de comunicación totalmente vendidos, sectarios y autocensurados hasta lo ridículo3. Los mismos que honraron su profesión animando a conciliar las llamadas “dos Españas”, se empeñan ahora en volver a las andadas y separarnos cada vez más, aunque sea de manera artificial.

Me hierve la sangre al pensar que detrás de cada firma hay una persona, alguien independiente y ajeno que de un momento a otro se vio como parte activa en un complicado montaje de influencias. Todos esos que leían a Larra de jóvenes, aquellos que se embelesaban disfrutando aquellos discursos y ensayos en la facultad. Sin hablar de los que se jugaban el cuello literalmente con la censura… Esas grandes palabras denostadas como la objetividad, o la imparcialidad o neutralidad, o la libertad, o eso del “espíritu de la Transición”. ¿Dónde está esa limpieza virginal o ese rigor o esa lealtad a la responsabilidad del cargo? ¿Dónde quedó el respeto a nosotros mismos?

Entristece ver cómo periodistas quieren jugar a hacer de políticos, y los políticos no quieren jugar a nada, nada que no incluya hacerse un favor a sí mismo o hacer que alguien le deba un favor.

Cuando esta atmósfera irreal fundada con las técnicas más básicas de marketing y manipulación de masas4 dignas de cualquier régimen totalitarista reviente, la democracia quedará en un chiste sin gracia. En medio de la sociedad de la sobre-información, cuando más necesaria se hace la calidad de la misma, parecemos estar abocados a que jueguen con nosotros, y nos inserten en la mente lo que les venga en gana.

No conformes con que los españoles votemos por miedo, y nos conformemos con la opción que consideremos menos mala, quieren que acabemos votando por inercia, aprovechando nuestra falta de identidad y confianza real en un grupo concreto. Cuando ya no sepamos qué creer y no tengamos nada sólido en que apoyar nuestras opiniones y conclusiones, será fácil ganarse nuestro voto para quien nos ofrezca algún tipo de caramelito engañoso.

En este país se creó hace escasos años un partido político a nivel nacional totalmente nuevo, llamado UPyD. Fue fundado, básicamente, por Rosa Díez, ex-socialista cercana al antecesor Almunia, no así con Zapatero. La eurodiputada Díez hizo trascender en su momento que, entre otros, había captado para su partido a Fernando Savater, filósofo ajeno a la política hasta el momento. Sinceramente pintaba bien un partido así, muchos fuimos los que en algún momento sentimos la voluntad de escucharles.

Una vez confirmado el liderazgo definitivo en las listas de candidatos, por parte de doña Rosa, en detrimento de don Fernando, cabe preguntarse ¿a quién se ha debido tal decisión y qué virtudes básicas se valoraban? Y da miedo responderse, porque un filósofo serio en el Congreso, por entonces era necesario, y en la actualidad es urgente. Uno se echa las manos a la cabeza si recuerda los políticos de la historia de España, desde Agustín Argüelles a Adolfo Suárez, pasando por Cánovas o Ruiz-Zorrilla, y lo compara con el panorama que vivimos. Es justo decir en este punto que hoy también hay algún político respetable, sin embargo en la actualidad no tienen personalidad política individual, sino de partido. Eso provoca que el talento se vea escondido y fieramente corroído por la falta de práctica y las malas compañías con sus desatinados consejos. Ciertamente el nivel intelectual deja mucho que desear en el Congreso, y más cuando se empeñan en esconder a los que no saben gritar. No es la condición de prohombre lo que a uno le da voz, es la capacidad de tragarse la dignidad y la veracidad, para defender lo indefendible y atacar lo inatacable.

En la campaña de las pasadas elecciones generales, el diario el Mundo se mojaba y directamente pedía el voto a sus lectores para este partido recién nacido. Lo hacía con una nueva fórmula lingüística que por entonces se andaba asentando como común, “el partido de Rosa Díez”. Evidentemente, si un lector sigue los consejos de la publicación y se dirige al colegio electoral con la convicción de otorgar su confianza a el partido de Rosa Díez, no lo iba a poder hacer, ya que en las papeletas es referido con el impronunciable acrónimo.

Ellos mismos, los políticos, flagelan cualquier atisbo de sinceridad vocacional desde la que alguna vez hubieran soñado con estar en una cámara de representantes, cuando se aferran resignada y productivamente a la idea acuñada por Alfonso Guerra de “el que se mueva no sale en la foto”.

Conciudadanos, esto es que lo hemos elegido.


1 Si uno introduce las palabras “partido de Rosa Díez” como criterio de búsqueda en el conocido buscador Google, el sistema devuelve más de cinco millones de resultados; y si se introduce “unión progreso y democracia”, que es como se llama el partido, se recogen unas quinientas mil posibilidades, diez veces menos. Compruébese.

2 El mineralismo y Fernando Arrabal, un clásico. http://www.youtube.com/watch?v=ZpGJSwkmnR8

3 Ejemplo de lo ridículo en 22 segundos. http://www.youtube.com/watch?v=yIShWw-LvV0

4 “La mejor manera para convencer de una idea es la repetición infatigable de la misma.” (Mein kampf. Adolf Hitler) Ya lo decía Adolfito el mala ostia

jueves, julio 16, 2009

Carta a Sofía

Querida Sofía:

Te escribo a escasos días de tu bautizo, cuando mi santo, y por menos religioso que me considere, no oculto mi orgullo de que coincidamos en lo religioso, tu bautizo y mi santo, aunque sólo sea de esa manera indirecta.

Hablando con una de tus tías abuelas pude preguntar hace poco que para qué hay que bautizar a los niños, y se me dijo que es para que vayan al cielo cuando se mueran. Después se me ocurrió plantear si era importante seguir algún tipo de rito concreto, como el católico u otro, o si daba igual a qué cielo se fuera a ir. Ahí la respuesta se tornó casi masónica, y fue que sí, que daba igual, que simplemente había que creer en algo.

Esto me revolucionó la mente y me asaltaban las dudas. Creer en algo, ¿para qué?, ¿da igual en lo que se crea? Entonces ¿por qué cada religión considera la propia como la adecuada o como la única?

Estas preguntas me hicieron reflexionar sobre lo básico de la religión. En general las religiones incitan a la gente a ser buenas personas, a llamar hermanos a los demás, a ayudar a los desfavorecidos, a no creerse con derecho a matar o a robar o a violar; a respetar a los padres, a dedicar tiempo a la reflexión a través de la oración… A este conjunto de normas básicas oirás que se les llama valores, y en todas las religiones se acaba yendo al cielo por seguir tales valores.

Creo que es en el cómic de Mafalda, que te aconsejo leas en cuanto tengas esa habilidad, donde se dice que para inventarte una religión tienes que juntar trascendencia y miedo. Es probable que aún desconozcas estos dos términos abstractos, y no seré yo quien te desvele el miedo, así que sólo te explico la trascendencia.

Lo trascendente, querida sobrina, es lo que queda de nuestras acciones mientras vivimos. Lo que decimos y hacemos resulta que afecta a la realidad, al entorno, a tus queridos y a otras personas; mas es de justicia buscar una figura a la que rendir cuentas en cualquier momento. Alguien o algo que llegado el día sepa juzgar y premiar nuestra bondad o virtud, nuestro buen hacer en compromiso con el fin último del bien común.

Todo este mejunje de pensamientos me llevó a discurrir, hablando con una de tus tías abuelas, que esos llamados valores, son efectivamente esa puerta del cielo, a todos los cielos.

Ir al cielo es aprobar ese examen personal ante alguien o algo que conozca el por qué de nuestras acciones desde la pureza, y sepa vislumbrar nuestro compromiso con los demás y, por ser seres muy iguales, con nosotros mismos. Aquello que oirás llamar muchas veces el “fondo” de las personas…

Ir al cielo, en definitiva, es haber sido buena persona. Y por eso a tu tía abuela no le importa a qué cielo vayas a ir, siempre y cuando vayas a alguno, siempre y cuando seas buena persona…

Después me pregunté acerca de quienes no se bautizan, porque también los hay así ¿sabes?, y conocerás algunos que igualmente han ido o irán a algún cielo desconocido hasta ahora. Y tal vez encuentres ahí una contradicción si pensabas como tu tía abuela que sólo quien se bautiza puede ir a uno de los paraísos estipulados. Es cuando te halles ante esa duda que yo descubrí en aquel momento, cuando deberás acordarte de que tu tío te dijo una vez, en una carta escrita días antes de que te bautizaran, que simplemente es que el cielo no está en el cielo sino mucho más cerca; y también que te acuerdes del nombre con que fuiste bendecida: Sofía.

Tu nombre deberás escribirlo bien claro y siempre empezando en mayúsculas, y también convendría que supieras que significa algo, su etimología griega quiere decir “sabiduría”. Y fomentando tu nombre y su significado como personalidad propia sabrás descubrir, en los sabios griegos o en la sabia Mafalda, que el cielo de verdad está en Alkibiades y en Carlitos, es decir en las vidas de los demás.

Ya que indefectiblemente cambiarás en algún modo la vida de quien te rodea, preocúpate de influenciar con generosidad e influír desde el amor y la bondad. Entonces estarás en el cielo, cuando estés en los demás y sigas viviendo en otras vidas, en otras almas para hacer el bien.

Será que estás en el cielo si te siguen profesando amor aún cuando ya no estés.

Te dejo por último una cuestión que ya me responderás con el tiempo, ¿hace falta haber muerto para ir al cielo?

El Torrao

viernes, febrero 27, 2009

Aslama Bislama

Existe un país al otro lado del mar, entre el extremo de la cordillera del Atlas y el desierto del Sahara poblado de seres humanos. Allí los gatos pasean invisibles entre la muchedumbre, mientras los perros están prácticamente extinguidos, pues son éstos animales impuros: el perro mordió al profeta. Bajo los cuatro pilares islámicos tratan de estar a la altura de lo trascendental, motivándose a la meditación y a la reflexión, forjándose así una conciencia, mas respetan tanto al practicante como al no practicante con un gran sentido común para lo religioso. 
El té sustituye al café allá donde comenzaron las guerras púnicas, allá donde los cartagineses, donde los romanos y los franceses, donde no es deshonroso adjetivar afrancesado, donde los nazis quisieron controlar las rutas mediterráneas, donde las travesías mortales del desierto...
Para nosotros Túnez es la capital de Túnez, nos es lo mismo; y parece que las olas del Mediterráneo que nos separa, son bastante altas como para no permitirnos advertir la sutil diferencia entre Túnez (Tunisia) y la ciudad de Tunis, y resulta extremadamente chocante comprobar que los tunecinos diferencian con alegría entre catalanes, gallegos, vascos, o madrileños. Conocen y asumen con respeto y fraternidad nuestras cuestiones, así como saben del pasado histórico mozárabe, califal o mudejar de la península ibérica, sin que resulte humillante ni digno de resquemor ni, menos aún, de venganza. Exclaman con alegría la palabra "sabotaje", exagerando la pronunciación de la jota, recalcándola casi hasta lo expectorante. Además de lo cómico de la cuestión, eso nos hermana con ellos en cierta medida, con las gentes de habla árabe en general, ya que nos recuerdan que una palabra así, que existe en las lenguas europeas y que se pronuncia en todas ellas prácticamente igual, con la sola diferencia del fonema de la jota, y que sólo los hispanohablantes pronunciamos tan fuerte como ellos, el sonido el de la jota, muy común en el vocabulario árabe.
Entre el desierto y la costa, entre los oasis y las montañas, entre las salinas y las medinas, entre el sur y el norte, entre los bereberes y los tuaregs, entre los dromedarios y los caballos, entre las palmeras y los olivos, entre lo africano y lo europeo… existe siempre un manto de contrastes mezclados que lo cubre todo de mestizaje grato, exprimiendo un jugo de influencias que conforman una excelsísima personalidad sobre esa tierra.
Cuando un turista intenta ser amable en la medina y trata de usar el habla local, hace bien en intentar pronunciar el vocablo adecuado para dar las gracias en algún momento. “Chókran” (pronunciado shókran) es confundido fácilmente por shúkren, que significa azúcar, y aún más comúnmente por sókran, leve diferencia en la liquidez de la ese para llamar borracho a quien se pretende agradecer, despertando automáticamente la hilaridad de quien lo escucha.
En la zona de Douz los dromedarios reivindican, con su paciente paso, la soberanía del desierto y recuerdan, con su actitud pasiva y resabiada su monótona adaptación a las rutas por las dunas y la arena, transportando todo aquello que había sido visto en los barcos, o mercancías traídas por elefantes de la selva, durante miles de años. Por ello los pastores de estos bonachones animales, otorgan su esfuerzo y su espacio apreciando la importancia de un auténtico símbolo de la supervivencia ancestral, a través de la paciencia constante en silencio, y la conciencia tajante sobre el despilfarro de esfuerzos físicos. Y se presenta curiosa la comparación con los habitantes tunecinos, que por impetuosos vendedores y testarudos persuasores que puedan lucir, jamás experimentan algo lejanamente parecido al estress moderno. Muchos pasan las horas sentados con un té junto a una pared cuarteada, sin apenas mover los párpados, sin hacer un gesto ni mover un músculo bajo la chilaba que no esconde unos boxers ni unos slips nuevecitos. Y de la modernidad uno se acuerda al ver colgada la carne sin refrigerar, a veces la res entera. Un inspector de Sanidad de nuestro país se quedaría sin tinta rellenando partes de incidencias en el primer mercado tunecino que visitara, mas una vez allí es necesario resignarse a lo tecnológicamente antigüo que no necesariamente insalubre. Y no, nuestros antepasados tampoco tenían neveras, ni grandes fábricas ni rascacielos, ni papel higiénico...
Allí cualquier lugar es un lugar exótico que invita a soñar despierto, inspirado en aquellos relatos fantásticos de ambientación arábiga, a los que uno haya podido tener alcance mínimamente, y se ven como un espejismo allá donde no hay nada, o eso parece, y uno quiere imaginar columnas de centuriones romanos a un costado, formaciones de panzers nazis a otro, o los otomanos, y complatar la escena con Liz Taylor caracterizada de Cleopatra y los mismísimos Asterix y Obelix con una cantimplora, sobrevolados por las vainas de carreras de Skywalker... 
Es posible imaginar el bullicio cruel de las gradas del circo romano de El Jem, en cuyas ruinas se pueden visitar los habitáculos donde fieras y esclavos vivían el cernir de la muerte y la agonía de la espera. Mientras, en el norte las gigantescas termas de Cartago, o lo que queda de ellas tras veinte siglos de destrucción envidiosa, dan a imaginar la tranquilidad y la facilidad de lo cómodo, junto a la inmediatez sórdida de metralletas y a la pared de la actual residencia del presidente del país en lo presente.
Sólo traigo gratos recuerdos que me llenan de gozo al recordar desde que salimos el grupo de Travelplan compuesto por 53 almas ignorantes deslumbradas en cada instante por la grandeza de lo que se presenta tan singularmente único que parecía improbable. El jugo de las palmeras deshojadas, la piel seca del dátil sin miel ni azúcar recién bajado por un impetuoso y muy ágil habitante trepador, el aroma del jazmín y la esencia de cactus, que tanto sabemos apreciar los occidentales cuando le cambiamos el nombre por otro más pomposo y cínicamente comercial. El té y esos vasos específicos y atractivamente decorados, el cuscús, el cordero, el arroz con pollo, el pollo con arroz, el dinar, los milibs (milésimas de unidad monetaria). Las haimas ingeniosamente sostenidas en tensión, los dromedarios ataviados para conducir a la novia hacia su boda, aquella molinera en casas escarbadas en la piedra como trogloditas, las rosas del desierto formadas por la cristalización de la arena. La numerosa policía con aportación femenina, la variedad de gorros y pañuelos para cubrirse del sol, la antigua vía romana, la coincidencia en el hotel con el equipo nacional de halterofilia. Los arcenes de tierra de las carreteras principales, tanto para caminantes como para carros tirados de burros, como para salvar la situación de peligro que pueda crear un conductor incauto, normalmente libio, o la manguerita junto al inodoro, que despertaba nuestros jocosos comentarios e invitaba a la reflexión sobre quién es el guarro... No quiero olvidar nada, disfruté cada momento.
En Túnez uno puede deleitar sus sentidos al respirar el aroma del jazmín y un minuto después asquear el gesto al oler carne podrida en el final del día de mercado. Se puede comprobar con tristeza cómo las mujeres van solas o con otras mujeres, nunca mezcladas con hombres, sepultadas bajo telas de colores alfigidos; y recorrer después unos kilómetros en el tiempo para encontrarlas sentadas en las terrazas con grupos mixtos de amigos, luciendo unos pantalones tejanos y un bonito peinado. Alguien también podría fijarse en los comercios de los zocos, totalmente sobrecargados de platos de cerámica y de metal, de darbukas, de especias, de joyas y souvenirs negociados por un adulador muy insistente, que con una sonrisa cautivadora te invita a pasar a su tienda como si fuese su casa, y pasarse después a contemplar el lado de la vida en que uno cultiva su día a día en el huerto y acerca en un cajón a la carretera lo que le puede sobrar, para venderlo a quien pase si es que decide parar ahí y no donde ofrecen gasolina libia de contrabando en garrafas verdes.
Mi equipaje se ve engordado de buenos momentos después de aquella cena en la gran haima de Tozeur, con abuso abismal de aquel vino, disfrutando de un espectáculo con música, bailes, luchas de espadas, con aquel instrumento de viento que soplaba incesante sin extenuación. Las serpientes y escorpiones que impresionaban a las mentes occidentales allí presentes, nos eran menos temibles por vestir chilabas bordadas para la fiesta y turbantes correctamente instalados en nuestras cabezas, que habíamos adquirido a un comerciante practicando o dejándonos practicar el arte y deporte del regateo.
Me alegro de que aquel brrebaje tunecino nos entusiasmara y acabásemos expresando al guía nuestro agradecimiento y buen sentir por la presencia de aquel tipo extraño que lideraba la manada de Hakuna Matata, y le cantásemos con sinceridad, en humilde loor de multitudes, aquello de “Ridha javivi” (Ridha te quiero). Cuando quedamos el grupo de Tronco+25 entre Monastiri y Sousse, enfrente de la isla de Sicilia, donde me fotografié junto a Kalem, que conocía el fútbol español mejor que yo, donde practiqué el deporte acuático de la solidaridad ociosa en la piscina con aquel holandés flotante y sus taheños hijos voladores; y donde compartí un desplazamiento en tren con una tunecina de nombre palestino, con una bonita mirada y que además leía a Hemingway, con cuya animada conversación y perfecto conocimiento del inglés quedé embriagado... 
Allí la experiencia se tornó mas sensible y humanamente cercana. Allí los lazos se hicieron emocionantemente fuertes entre el grupo, muchas horas juntos, muchas comidas en común, muchos baños y aguadillas en la piscina, muchas conversaciones de interés, muchas situaciones divertidas, muchas borracheras, muchas chichas de sabores para fumar al carbón de la cachimba, mucho intercambio de saberes en el haber y la participación cooperativa sin escrúpulos ni prejuicios… conforman seguro el inicio de una gran amistad.
Todo eso tan irrepetible, tan único, tan distante, tan antiguo, tan inolvidable, tan sumamente intenso que viví en Túnez... Creo que amo a Túnez.
Adiós Túnez, o dicho en tu lengua, bislama Túnez. Nunca te querré olvidar.

jueves, julio 24, 2008

Canción alegre de Gil Splitz

Maralán.
Morilán, baranil, dedillán.
y pimpom.
pira la cura billón.
pete la vela
cata la puebla
vega te peta brisón.
des papillón
berre peté
saca ni cabla sansón.
Mala madura
pier casadura
mara caristo mansón.
dimiribé
pic
disodesé
pac
cimari má sodisé.
mica mi cabla
mar cabidura
pica di mala madón.
sor morité
mar cosiyé
maca mi cabra
mar babilero
cada mataca
el dil sostelero.
porropo ron.
pic.
porropo ron.
pac.
porropo ron
porropo ron
tic tac
porropo ron
ron

*Para Gustavo, el uruguasso de la cuatro cero cuatro, el tipo del saxofón, allá donde existas.
El Torrao

lunes, julio 07, 2008

Berlín Este 1946: El repudiador repudiado

-Buenos días, ¿cuánto vale lavar el coche?
-¿Qué programa?
-No lo se, lo siento pero no soy de aquí
-Enjabonado, aclarado, encerado y abrillantado es el completo
-Pues el normal
-... Cuatro sesenta
-Pues tenga
-... Señor... Se tiene que meter en el coche...
-Ah, ¿si?. ¿No puedo verlo desde fuera?
-... Señor... Alguien tiene que sacar el coche del túnel...
-Ah, ya veo. Supongo que pocos días se encuentra usted con un cliente que nunca haya estado en un túnel de lavado... Yo, yo es que no soy de aquí... En mi pueblo lavo el coche en mi jardín con una pistola a presión. Allí tengo una casa grande y un montón de frutales, pero aquí en la ciudad no hay espacio para nada... ¿verdad?
-Por favor, señor... métase en el coche

jueves, mayo 01, 2008

El nacimiento de Sleipnir

ACTO PRIMERO

Narrador: Al principio de la Edad Vikinga, en el reino superior de Asgard, los Dioses se veían algo desprotegidos en un entorno que se tornaba militar tras los recientes y violentos encuentros con los gigantes. Se sentían frenéticamente intranquilos, pues la llanura que habitaban no contaba con defensas ante posibles enemigos. Pero la preocupación hizo oportuno el advenimiento de un jinete que cabalgaba desde tierras lejanas y parecía poder ayudar.

Se abre el telón y aparecen en escena un comité de dioses longevos, vestidos con túnicas y ropajes con aire erudito y con gesto afligido, en compañía de un guerrero claramente extranjero.

Jinete: Será una gran muralla — les anuncia —, una barrera inconquistable para enemigos malintencionados. No más allá de dieciséis meses habrán pasado, que vuestras preocupaciones quedarán sepultadas.
Odín: ¿Y cuál será el precio de tal hazaña? — pregunta Odín el sabio serenamente —.
Jinete: Tan sólo la diosa Freya como esposa — contesta el desconocido como si de una cortesana hablara —. Y también el Sol y la Luna.

Narrador: Los dioses se enfurecieron ante semejante osadía, y habrían echado al hombre fuera de Asgard por atreverse a pensar que una hermosa deidad como Freya podía cambiarse por un trabajo de albañilería. Pero Loki quiso negociar.

Loki: Si puedes edificar la muralla en seis meses, trato hecho. — Se apresura enseguida a dominar las expresiones de sorpresa ante tal asunto, y susurra al divino consejo — En seis meses tan sólo podrá ser capaz de construir la mitad, pero al menos ésta no nos supondrá coste alguno.

Narrador: El foráneo alarife dirigió su mirada hacia la joven Freya, quien se bañaba en lágrimas de oro, quedó deslumbrado un momento y aceptó finalmente; solicitó únicamente cuidados para su caballo, su viejo compañero que le era vital en semejante empresa.

Narrador: Durante todo ese invierno, el extraño cabalgador trabajó duramente, y con la ayuda de su leal y aguerrido percherón acarreó suficientes piedras para levantar una gran muralla infranqueable alrededor de Asgard. Al llegar la florida primavera, la construcción iba muy avanzada y el tiempo se convertía en una soga para los dioses, pero puesta en el delicado cuello de Freya.

Odín: Imprudente de ti, Loki — reprende Odín enfurecido — creíste engañar a un embaucador, pensabas servirte de tus divinos talentos dando por amplia tu ventaja. Pues viendo que no es así, la responsabilidad te llama y precisa de tales talentos los tuyos. No pudiérase permitir que Freya fuera nunca esposa de tal hombre, quien además se viene sospechando como un gigante disfrazado. Y ni nombrare a los dioses supremos, el Sol y la Luna, y la sola posibilidad de perderlos en temeraria apuesta. A tus artes apremio a evitar dejarnos encerrados en media muralla sin diosa del amor y la sabiduría, sin el Sol, sin la Luna y con hondo oprobio. El honor... Altas cuestiones que aquí se ponen en juego y deberás pensar en partir exiliado.

Narrador: Loki reflexionó acariciando despacio sus luengas barbas y concluyó que había que tratar de engañar a un pícaro.

Loki: Concluiréis como yo que depende de su montura, pues aún tratándose de un burdo rocín, el abyecto rufián podría dejar de cumplir su parte de lo acordado si le falta la bestia.

Se cierra el telón. Con el telón abajo se oye la voz del narrador.

Narrador: Loki había sido bendecido con la facultad de la metamorfosis, y una ocasión siendo de noche, bajo el abrigo de la diosa Luna y, transformado en hermosa yegua, sedujo hacia sí al animal del obrero. Al despertar, aquel hombre taimado era sólo un recuerdo, y se encontraba ahora encolerizado al no verse capaz de acabar la edificación a tiempo teniendo que trabajar él solo. — Se oyen gritos desesperados —. En tal momento tenso, los peores presagios de los sabios se confirmaron al descubrir bajo ingenioso disfraz un gigante, gran enemigo de los dioses revelado a los rayos del Sol.

Se oye gran revuelo.

Narrador: Thor, nervudo hijo de Odín, se dirigió valientemente al encuentro del gigante y le confirió un fuerte golpe en el cráneo con el martillo de Miollnir. — Se oye un golpe seco, y otro después más perturbado —. Una vez neutralizado en gigante problema, Loki consideró seguro volver a Asgard y trajo consigo a Sleipnir, un extraño caballo gris dotado con ocho largas patas, que quiso ofrecer como obsequio a Odín.

Se abre el telón y aparecen en escena los personajes debidamente caracterizados.

Loki: Caballo alguno igualará jamás en velocidad a éste. No hallárase ni lejos que se buscara, bestia capaz de igualar a Sleipnir o compararse con su excelsa vigorosidad, ni menos aún que pudiera intentar competir en fuerza o resistencia. Es capaz de ir frenéticamente de un extremo a otro del horizonte tantas veces como para recorrer sin descanso los ocho vientos que soplan desde sus respectivos puntos cardinales. Este hierático animal cabalga igual por tierra, que por mar, que por aire. Serás prudente cuando conozcas también que, montando un aparentemente ordinario caballo, pudieras llegar a pisar la Tierra donde moran los Muertos y de nuevo vuelta aquí. Sabrás acometer tal asunto, lo que se ha llamado Asgardreid, con suma cautela.

Odín: Acepto tu honorable regalo en amable gesto tuyo, pero no como quien recibe un recuerdo ornamental, sino como quien asume una nueva condición para con el deber. Mi camino procurará ahora memorables aventuras y proezas montado en tan noble corcel, que saciarán tu conciencia y nos darán buen nombre. ¡Por Sol que este digno trotón y yo mismo seremos los guardianes de la Luna!

Se cierra el telón.

FIN ACTO PRIMERO

El Torrao.



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sábado, marzo 01, 2008

Sociedad abuela

La noche que mi yerno mató a mi hija yo estaba en la casa. Llevaban ya un rato de discusión, tan acalorada como otras muchas veces. Yo, como en tantas ocasiones, escuchaba la riña desde mi habitación. Se hablaban con odio y se lanzaban improperios muy crueles. Mi yerno gritaba y daba golpes a las cosas, y cuando perdía la paciencia, algunas veces la ataba hasta que ella se calmara. Entonces mi hija volvía a la carga, y yo susurraba desde el cuarto contiguo: “No le provoques, hija”, como si de alguna forma pudiese llegar a merecer lo que después le ocurriera. La situación empeoró cuando mi yerno dijo que tras años no habían tenido hijos por culpa de mi hija, y que si no podía quedarse embarazada era una mierda de mujer y no servía para nada. Mi hija dio entonces un paso más, y le confesó que había ido varias veces de visita médica y que lo que ocurría era problema de él y su fertilidad. Mi yerno se sintió tan avergonzado, tan humillado y tan hondamente herido en su masculinidad, que cogió un cuchillo de cocina que había sobre la mesa y lo hundió en el cuerpo de mi Lolita dieciséis veces. Pagó así su ira con gesto desencajado y gritando “Así aprenderás, así aprenderás”. Ahora, ocho años después de aquello, sigo en esta casa que mi difunto marido comprara hace más de cincuenta años, y tengo que vivir a temporadas con mi yerno, pues tras cumplir condena por asesinar a mi Lolita, éste sigue siendo su domicilio, el domicilio conyugal. Me llamo Conchita Pereiro, tengo ochenta y un años, y tengo una historia triste que contar.

Fui yo quien enseñó a mi Lolita a ser una buena esposa, aunque, en vez de buena, me doy cuenta de que era más bien una esposa prepararla para la sumisión. En la época en que ella y yo vivíamos con su marido, se acostumbró a recibir órdenes por ambas partes. Yo le enseñé a cocinar, a tener la casa limpia, a coser, y sobre todo, a que al marido no le faltara de nada. La gente joven puede no comprender, que era lo normal. En esa época los políticos decían que “la mujer tiene un trabajo: sus labores, y un futuro: el matrimonio”. La sociedad lo aceptaba de manera general, principalmente porque no teníamos cultura ni personalidad. Muchas veces sonaba en la radio “Es mi hombre” de Sara Montiel y ambas cantábamos al son, mi Lolita tenía una voz muy dulce. Esa canción decía “Si me pega me da igual, es natural”, y en aquel momento nadie se planteaba la barbaridad que representaba asumir tal extremo. Los anuncios se dirigían a las mujeres cuando se trataba de vender productos de limpieza, y a los hombres si se trataba de publicidad de tabaco. Si el hombre en cuestión aparecía además rodeado de mujeres y una copa de brandy, se le ascendía a la posición de "hombre de verdad". Entonces las mujeres nos reuníamos en el mercado e íbamos de tenderete en tenderete sintiendo que era territorio femenino, era nuestro feudo entre iguales a los que no había por qué agasajar ni bajar la mirada en gesto de servilismo. Los pocos hombres que hubiera serían vendedores o mozos de cajas. También era común entre las mujeres cuando había visita en casa de algún caballero, que dejáramos a los hombres a solas para que hablasen de “cosas importantes” considerando que nosotras no podíamos saber nada de nada al pasar el día entre fogones y cuerdas de tender y, si acaso, podríamos ofrecer algún tentempié. Sin embargo si la visita era de una amiga, se recibía en la cocina.

Algo de todo esto queda y veo ahora mujeres modernas que mandan a sus maridos a comprar algún ingrediente que les haga falta para cocinar, mas el marido necesita de una lista y se ve muy inseguro en un entorno sin polvo, ni humo, ni obligación de usar casco. El “hommo inútillus” ha sido siempre una comodísima posición a adoptar por parte de los hombres, pues ha sido para ellos un escaqueo legítimo y que ni siquiera han tenido que solicitar o que ganárselo, sino que se les ofrece sin más. De alguna manera nosotras lo hemos consentido y provocado, y al “mandarles” a ellos a la compra nos asumimos aún como responsables de tal tarea de la casa, tarea de todos quienes allí habitan. Se da por descontado que un hombre de verdad no sabe comprar, ni cocinar, ni hacer camas, ni mucho menos conocer el proceso por el que una camisa arrugada y maloliente se convierte en reluciente y perfumada. También ésta postura machista ha sido cómoda durante mucho tiempo para las mujeres, pues nos ha eximido de tener que trabajar fuera de casa; lo malo es que el trabajo en casa no se ha considerado nunca trabajo, así que el amo y señor de la casa siempre era el mismo, el que traía el dinero al hogar. Es más, un hombre de verdad jamás consentiría que su esposa tuviera que trabajar. Entonces nos educaban con la idea de ser princesitas mantenidas, aunque finalmente terminábamos más bien de Cenicientas. A cuántos varones, niños incluso, se les libera del simple gesto de recoger la mesa o limpiarse los zapatos. Siempre hay una abuela, o una madre o una hermana que lo haga por él. Esto sigue latiendo cuando todas estas señoras preguntan ahora a sus nietos si “ayudan” a sus mamás en las tareas. “Ayudar a sus mamás”. Sigue siendo su responsabilidad entonces...

Siempre he controlado firmemente el modo de vestir o de maquillarse de mi hija. La eduqué para que fuese una señorita respetable y digna. Entonces confundíamos la dignidad con la castidad, y yo misma me sentí feliz cuando mi Lolita me dijera en el día de su boda que había esperado a abrir “su flor” cumpliendo una promesa que años atrás yo le hiciera perjurar. Había palabras que nos daba vergüenza pronunciar, por si era pecado o algo así, como virginidad por “la flor” o sexo, palabra que siempre fue camuflada y de forma tímida decíamos “seso”. Este tema siempre se ha satanizado y las mujeres entonces vivíamos el acto como algo pecaminoso, y nos quedábamos boca arriba con los brazos parados y los ojos fijos en la imagen de la virgen que pudiese haber en la habitación. Siempre se consideró un trámite para procrear y para que el marido se desahogara, pero no como un disfrute para nosotras, eso de ninguna manera. La que podía ser sospechosa de tal disfrute, o siquiera tuviese cualquier iniciativa con los hombres, se le llamaba buscona o fresca y se le dirigían miradas condenatorias.

En definitiva, a mi hija le eduqué para entregarla a un hombre y que cuidara siempre de éste, como si de un niño grande se tratara, a cambio de poco o nada, alguna joya a lo sumo; y pagó muchas veces mis imperdonables atrevimientos con su dignidad, y al final, con su propia vida.

Lo que me parece ver ahora es que vertí en mi hija miedos absurdos, mitos injustos y tabús fundados en el pecado mortal, para no ser nada por sí misma, sino para servir, para obedecer, para anularse, para no vivir, para morir... Y mi penitencia es ahora vivir en la guarida del mismo lobo que tantas veces he adorado y a quien tantos cuidados regalaba, mientras él mordisqueaba a mi propia hija entre sus fauces.

Nota del autor: Si alguien se sintiera ofendido/a por el texto que antecede, pido disculpas y que se vuelva a leer. El Torrao.


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miércoles, febrero 20, 2008

Cuenca Cuencos

Hace mucho mucho tiempo, cuando todavía no se habían inventado las palabras, vivía un pequeño grupo de hombres primitivos en las praderas de un país que ya no existe. Sus vidas eran tranquilas, pasaban el día recogiendo leña seca para calentarse y recolectando frutos en el bosque, que les servían como alimento y también como tinte para decorar su entorno, sus ropas o sus cuerpos. Convivían en armonía sin más sobresaltos que los provocados por alguna que otra fiera que no se dejaba cazar fácilmente.

Pero llegó un día, en mitad del verano, que amaneció muy nublado, el aire se hacía pesado al respirar y se oían cantos inquietos de muchos pájaros en el bosque. Era de día pero reinaba una gran oscuridad, no llovía pero la tierra que pisaban se sentía diferente. Un pequeño grupo de valientes había salido en busca de algún venado que cazar. En ese ambiente enrarecido todos ellos avanzaban agazapados y en silencio, y con el gesto muy tenso. Se miraban entre sí con desconfianza, y el sólo crujido de las hojas aplastadas por los compañeros que caminaban alrededor resultaban extremecedores.

Entonces los grandes y rectos árboles comenzaron a retorcerse cobrando formas sinuosas entre las penumbras. Los fuertes latidos del grupo y el aliento agónico se agravaron cuando apareció en el cielo, en un claro entre los árboles, un gran dragón de enormes alas y cola afilada. Las erupciones de fuego que expulsó entre sus colmillos atemorizadores, dividieron caóticamente a los cazadores, y empezaron a correr en todas las direcciones. El más joven tropezó y quedó atrapado en el suelo bajo un tronco de árbol que le inmovilizaba las piernas. Entonces el miedo se apoderó de él y la angustia le hacía permanecer de espaldas al peligro escupe-fuego. Permanecía con los ojos cerrados pensando, tal vez, que con ese gesto se libraría del dragón. Pero recordó entonces la manera con que el chamán de su poblado ahuyentaba los malos espíritus y augurios. Así que mantuvo los ojos cerrados haciendo mucha fuerza, dio tres palmadas acompasadas y muy sonoras. Seguidamente cerró los puños con todas sus fuerzas y gritando imitó los sonidos que recordaba del chamán: UUU, OOO, AAA. Por último extendió sus brazos abriendo bien las palmas y estirando bien los dedos. Empezó, poco a poco, a despegar los párpados y, en ese nuevo despertar el sol lucía en lo alto como si hubiese estado haciéndolo toda la mañana, no había rastro del dragón que sólo hacía unos instantes había revolucionado la escena con su presencia, y en su lugar se oían las más alegres melodías de los cánticos de los pájaros. Tampoco quedó ni rastro de la rama que le atrapaba, y un grupo de venados apareció tras los riscos como si nada hubiese ocurrido allí.

Desde entonces, todos los niños del mundo libramos batallas contra nuestros miedos y, siguiendo esos sencillos pasos, logramos salir airosos de todos los contratiempos. Mientras cobramos fuerza y seguridad ante los problemas vamos cayendo en la cuenta de lo efectivo que era aquel sistema sin palabras, sólo con gestos. Comprendemos la importancia de la actitud con la que abordemos nuestras vivencias. Fin.

El Torrao.


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martes, abril 17, 2007

Lo blanco de la luna

Miro despacio hacia el cielo y las gotas de lluvia golpean a la oscuridad de la noche. La luna sigue iluminando una parte del mar, hacia el horizonte. Y aquí estoy, sentado sobre el crujir de este mojado sillón de cuero blanco añorando el momento vivido sólo hace un rato desde otro sillón, allí arriba, en aquella ventana del hotel.

Había sido un día vacacional de esos agotadores y me encontraba junto al gran ventanal de la habitación del tercer piso. Frente a mí, longitudinalmente, se prolongaba el pequeño embarcadero. Un sinuoso camino de astillas que parecía dirigir la imaginación hacia el reflejo de la luna en el mar. Las escasas nubes que se adivinaban entonces en el cielo nocturno no conseguían opacar la brillante luz de la luna, que se empeñaba en resaltar su parte del mar más admirada, y ésta bailoteaba en alegre oleaje agradeciendo el protagonismo reconocido.

Lo blanco de la espuma en el litoral rompía el silencio absoluto de la noche en esta localidad tranquila. Pero a lo lejos se adivinaba el son de unos pasos, cuyos golpes contra el empedrado delataban su posición al otro lado de la plaza. Sentado en el sillón del hotel arrimaba la parte derecha de la cabeza hacia la ventana, queriendo concentrar mi capacidad auditiva en ese costado, pues parecía que los pasos se acercaban desde allí. No podía ver de quién se trataba porque en ese lateral de mi ventana el edificio se adelantaba hacia el mar. Habitaba en una gran L.

Los pasos se iban acercando y fui pudiendo apreciar que se trataba de una mujer. Los tacones sonaban arrítmicos contra el granito del suelo, casi torpes. Ya había oído ese andar, lo reconocí enseguida. Lo había visto por la mañana, en el muelle.

Estando en la terraza de la cafetería estaba curioseando el ambiente náutico bajo el sol. Los trajes azules de corte exquisito, los barcos a la medida del ego, el botox abundante y concordante con los complejos, el champán proveniente de barricas extranjeras, la contundente silicona en consonancia con las aspiraciones, las sonrisas carecientes de alma, etc.

En aquel ambiente refinado y cínico, donde el mar reflejaba la intensa luz del sol de Julio apareció una figura cegada entre los reflejos. La penumbra de los contrastes vislumbraba el contorno de una mujer con un vestido blanco, de esos de verano, tal vez de lino. Casi no la podía ver, no estaba lejos, pero toda esa luz alrededor de la chica me ceñía el gesto y coartaba mi curiosidad. La chica del vestido blanco parecía ajena al prototipo de mujer que había estado viendo por allí estos días.

Su piel era muy clara y se adivinaba suave en el contacto. Imaginaba desde la distancia que aquella chica de blanco no olía a perfume excesivo ni glamour extravagante, como el ambiente solicitaba, sino a vida, a frescor, a naturalidad. Escaseaban por el muelle unos zapatos como los suyos, sin tacón, de suela plana, pisando como pisan los humanos. Ella complementaba su calzado con una gracia inconformista en el andar y, casi sin doblar las rodillas, solicitaba la atención de todas las partículas del cosmos.

La misteriosa chica de blanco en el reflejo del sol, se recogió el pelo negro en la parte alta de la nuca de manera rápida, eficiente, mecanizada. Dejaba algún mechón que caía suelto, dando un toque improvisado a la perfección de las líneas de su cuello. La sombra torneaba la curva de su mandíbula, bajo la oreja, como queriendo indagar en sus secretos nunca revelados. La parte rugosa en la comisura del brazo, también aparecía sombreada y mostraba orgullosa su huella caprichosa, destinada a ser perpetuada por la genética.

Cuando se fue alejando del muelle, hacia el paseo, deleitando la atmósfera junto a un barco llamado Loreta, y dejara de pisar las tablas para encontrarse en el pavimento de la plaza, sacó de un bolso de tela y flores bordadas, unos zapatos de tacón que cambiaran su aire alegre para pasar a dar una sensación de compromiso, de seriedad forzosa. El caminar inestable que desplegaba hacia lo lejos me dibujó otra sonrisa, seducido por ver un terrícola en este reducto selenita.

Aquellos tacones repudiados y ese cadereo descoordinado se acercaba ahora en la noche atraídos por la fuerza magnética de la luna llena. Cuando estaba más cerca supe definitivamente que era ella, aún no la veía, pero esperaba verla aparecer en cualquier momento detrás de la pared del edificio. Una farola al otro lado de la calle delató una luz naranja que confesaba que la chica del vestido blanco se dirigía a un coche que no podía ver, por estar escondido tras mi propio edificio. Pero no me dio tiempo a lamentar mi suerte, porque al instante de oír el pitido de la alarma se oyó una gran explosión, y un segundo después la farola reflejó una gran llamarada que iluminó el embarcadero en competencia con la luna. Esa primera impresión me estremeció paralizado, pero lo que me levantó del sillón de la ventana de la luna, fue ver algo que volaba hacia el mar. Un bulto parabólico de color blanco cayó junto al embarcadero salpicando el reflejo de la luna en el mar. ¡Loreta!, me dije.

Salí corriendo hacia la calle, hacia el muelle, tenía que tratar de salvar a Loreta. No sé si cerré la puerta, no se si cogí las llaves, sólo corrí hacia la salida del hotel y, al traspasar el umbral de la puerta, encontré la lluvia, golpeándome la cara, como exigiendo mi intervención sensata ante tal situación.

Al zambullirme en la oscuridad húmeda traté de nadar hacia el fondo pataleando contra el peso extra que conformaban mis ropas mojadas, y consciente de ir en contra del correr del tiempo. Me movía eléctricamente mirando de un sitio a otro. Al fin vi una forma blanca, parecía estar enganchado, tal vez con unos hierros. Salí a la superficie buscando una bocanada de aire y de comprensión. Con la cabeza fuera del agua, era la lluvia quien me seguía mojando. Tomando aliento y mirando a la luna pensaba que aquello blanco en el fondo no era lo que buscaba, pero también pensaba que tal vez la angustia confundía a mis ojos. Volví a recuperar aquello de abajo fuese lo que fuese. Lo traté de desenganchar mientras seguía mirando alrededor queriendo adivinar alguna figura entre la oscuridad de las burbujas. Cuando saqué aquello del anonimato del mar, comprendí que lo que había salvado de morir ahogado era el asiento en cuero blanco del automóvil que aún humeaba en la plaza. Mis cansadas piernas, no acostumbradas a navegar, quisieron reposar allí mismo, en aquel asiento blanco rodeado de humedad, mientras exhalaba mis esperanzas entre sollozos. Me senté para mirar un momento hacia el horizonte lunar y caer en la cuenta de la realidad vivida, captada por los sentidos, que no gozaban de mi plena confianza.

Así que aquí estoy, sentado en un sillón blanco que no sé si existe, mirando a la luna y su reflejo, y esperando a que el momento se paralice eterno, o que la bruma y la marea me varen la respuesta que la luna no me da.


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