El odio es oír los estruendos y contemplar cómo los obuses destruyen lo que se construyó con esfuerzo, es ver tirar el mejor árbol del bosque hachazo a hachazo con toda la rabia y frialdad de un depredador en la selva. El odio es una sensación de desasosiego, desesperada y desesperanzada. Odio es obviar tu egoísmo infinito, y confiar en el porvenir; es encontrar que progresivamente aumenta y aumenta esa capacidad de destruir nexos al exterior sin el más leve reparo. Odio es hacer que me creo tus mentiras y tretas prepotentes, perdonar las humillaciones varias y los visos de locura para seguir paciente dando más que recibo... y como un débil mental negarme al odio por considerarlo poco humano. Odio es deshumanizarte... El odio es un mecanismo de defensa, aquel que te empeñaste en dedicar, aquel que quisiste sembrar y regar... Felicidades: floreció.
El odio es primario, es humano. Pues como humano odio a quien no merece el derecho a esa condición. Odio a quien fue dotado de la inteligencia y la cultura como para poder vivir amistad, fraternidad, solidaridad o empatía; ni hablamos del amor... y se empeña conscientemente y con desdén, en renunciar a eso que le dota la condición de persona. Odio a aquel que pretenda llamarse de nuestra raza renunciando a tales valores, porque se traduce en una renuncia a los demás, a lo general, también a uno mismo por semejanza en la comparación; y, finalmente, a la propia existencia ante la contradicción de ser humano y no serlo al mismo tiempo.
Descartada tu aparente condición humana, se hace razonable pensar que precisamente esa es la causa de mi odio. Sólo algo no humano puede despertar mi odio personal, de persona.
Odiarte es ojear el periódico en busca de tu esquela. Es ver las noticias de catástrofes deseando cambiar tu cadáver por cualquiera de esos cuerpos inocentes y posiblemente amables, esto es, con capacidad de ser amados.
Odio es soñar con tu sufrir, con tu desaparición o desgracia, y despertar sonriendo pensando por un momento que el mundo es mejor y se ha librado de una oveja negra que nos desprestigia en el reino de los vivos. Odiarte es despertar del todo y saber que sigues por ahí, en algún sitio, influyendo negativamente en alguien desgraciado.
Odio es ver una mancha “chapapotosa” que invade aguas cristalinas, es ver que se nubla de repente y cambia el viento. Es observar una plaga de un mal gusano echando a perder todas las vainas. Es tener noticias de un sinuoso barco fantasma que asola nuestros mejores buques...
Odio es confiar ansioso en tu muerte dolorosa y temprana, pues será entonces cuando los sí humanos que te puedan rodear sientan por ti algo que remotamente pudieras comprender. Odio es saber que entonces suspiraré aliviado consciente de que no podrás hacer más daño, que ya no podrás vivirte.
Odio es imaginar un encuentro fortuito y pensar en esa hipótesis con deseo de insultarte y ser lo más cruel posible. Odio es seguir destruyendo con desprecio todo aquello que encuentro y te trae a mi pensamiento; es asentir con la cabeza al ponerme en situación de que alguien te ataque, o que destruyan tu ciudad y se lleven aquello que pueda ser un rastro de ti.
Te odio por ti, por lo que eres al renunciar a vivir en paz. Te odio por haberte cruzado en mi camino, y maldigo cada momento que anduvimos juntos. Recuerdo aquel engaño, esa pérdida de tiempo y trato de recuperar buenos recuerdos. Te odio porque ya no quedan de éstos, sólo está ya el rencor y las memorias de egoísmo trágico, desapego indolente y la tergiversación cruel de la realidad. Te odio y me pregunto por el momento en que iniciaste el proceso para perder la personalidad que culminaste en humillación miedosa y silenciosamente stalinista contra Trosky.
Te odio. Odio tu mundo también, contaminado y convertido en malo por tu imposición implacable. Odio el aire que exhalas y el empedrado que pisas, y es porque nada salido de ti puede tener un mínimo de bondad o de virtud pura.
Odio saber de ti. Odio saber que existes y disfrutas de una condición de vida que has robado a las buenas personas.
Te odio por no saber que te odio. Te odio por no querer saber por qué te odio.
Con odio me despido de ti. Y mucha muerte.
El Torrao.
martes, junio 02, 2009
El Odio
viernes, febrero 27, 2009
Aslama Bislama
Existe un país al otro lado del mar, entre el extremo de la cordillera del Atlas y el desierto del Sahara poblado de seres humanos. Allí los gatos pasean invisibles entre la muchedumbre, mientras los perros están prácticamente extinguidos, pues son éstos animales impuros: el perro mordió al profeta. Bajo los cuatro pilares islámicos tratan de estar a la altura de lo trascendental, motivándose a la meditación y a la reflexión, forjándose así una conciencia, mas respetan tanto al practicante como al no practicante con un gran sentido común para lo religioso.
Para nosotros Túnez es la capital de Túnez, nos es lo mismo; y parece que las olas del Mediterráneo que nos separa, son bastante altas como para no permitirnos advertir la sutil diferencia entre Túnez (Tunisia) y la ciudad de Tunis, y resulta extremadamente chocante comprobar que los tunecinos diferencian con alegría entre catalanes, gallegos, vascos, o madrileños. Conocen y asumen con respeto y fraternidad nuestras cuestiones, así como saben del pasado histórico mozárabe, califal o mudejar de la península ibérica, sin que resulte humillante ni digno de resquemor ni, menos aún, de venganza. Exclaman con alegría la palabra "sabotaje", exagerando la pronunciación de la jota, recalcándola casi hasta lo expectorante. Además de lo cómico de la cuestión, eso nos hermana con ellos en cierta medida, con las gentes de habla árabe en general, ya que nos recuerdan que una palabra así, que existe en las lenguas europeas y que se pronuncia en todas ellas prácticamente igual, con la sola diferencia del fonema de la jota, y que sólo los hispanohablantes pronunciamos tan fuerte como ellos, el sonido el de la jota, muy común en el vocabulario árabe.
Entre el desierto y la costa, entre los oasis y las montañas, entre las salinas y las medinas, entre el sur y el norte, entre los bereberes y los tuaregs, entre los dromedarios y los caballos, entre las palmeras y los olivos, entre lo africano y lo europeo… existe siempre un manto de contrastes mezclados que lo cubre todo de mestizaje grato, exprimiendo un jugo de influencias que conforman una excelsísima personalidad sobre esa tierra.
Cuando un turista intenta ser amable en la medina y trata de usar el habla local, hace bien en intentar pronunciar el vocablo adecuado para dar las gracias en algún momento. “Chókran” (pronunciado shókran) es confundido fácilmente por shúkren, que significa azúcar, y aún más comúnmente por sókran, leve diferencia en la liquidez de la ese para llamar borracho a quien se pretende agradecer, despertando automáticamente la hilaridad de quien lo escucha.
En la zona de Douz los dromedarios reivindican, con su paciente paso, la soberanía del desierto y recuerdan, con su actitud pasiva y resabiada su monótona adaptación a las rutas por las dunas y la arena, transportando todo aquello que había sido visto en los barcos, o mercancías traídas por elefantes de la selva, durante miles de años. Por ello los pastores de estos bonachones animales, otorgan su esfuerzo y su espacio apreciando la importancia de un auténtico símbolo de la supervivencia ancestral, a través de la paciencia constante en silencio, y la conciencia tajante sobre el despilfarro de esfuerzos físicos. Y se presenta curiosa la comparación con los habitantes tunecinos, que por impetuosos vendedores y testarudos persuasores que puedan lucir, jamás experimentan algo lejanamente parecido al estress moderno. Muchos pasan las horas sentados con un té junto a una pared cuarteada, sin apenas mover los párpados, sin hacer un gesto ni mover un músculo bajo la chilaba que no esconde unos boxers ni unos slips nuevecitos. Y de la modernidad uno se acuerda al ver colgada la carne sin refrigerar, a veces la res entera. Un inspector de Sanidad de nuestro país se quedaría sin tinta rellenando partes de incidencias en el primer mercado tunecino que visitara, mas una vez allí es necesario resignarse a lo tecnológicamente antigüo que no necesariamente insalubre. Y no, nuestros antepasados tampoco tenían neveras, ni grandes fábricas ni rascacielos, ni papel higiénico...
Allí cualquier lugar es un lugar exótico que invita a soñar despierto, inspirado en aquellos relatos fantásticos de ambientación arábiga, a los que uno haya podido tener alcance mínimamente, y se ven como un espejismo allá donde no hay nada, o eso parece, y uno quiere imaginar columnas de centuriones romanos a un costado, formaciones de panzers nazis a otro, o los otomanos, y complatar la escena con Liz Taylor caracterizada de Cleopatra y los mismísimos Asterix y Obelix con una cantimplora, sobrevolados por las vainas de carreras de Skywalker...
Sólo traigo gratos recuerdos que me llenan de gozo al recordar desde que salimos el grupo de Travelplan compuesto por 53 almas ignorantes deslumbradas en cada instante por la grandeza de lo que se presenta tan singularmente único que parecía improbable. El jugo de las palmeras deshojadas, la piel seca del dátil sin miel ni azúcar recién bajado por un impetuoso y muy ágil habitante trepador, el aroma del jazmín y la esencia de cactus, que tanto sabemos apreciar los occidentales cuando le cambiamos el nombre por otro más pomposo y cínicamente comercial. El té y esos vasos específicos y atractivamente decorados, el cuscús, el cordero, el arroz con pollo, el pollo con arroz, el dinar, los milibs (milésimas de unidad monetaria). Las haimas ingeniosamente sostenidas en tensión, los dromedarios ataviados para conducir a la novia hacia su boda, aquella molinera en casas escarbadas en la piedra como trogloditas, las rosas del desierto formadas por la cristalización de la arena. La numerosa policía con aportación femenina, la variedad de gorros y pañuelos para cubrirse del sol, la antigua vía romana, la coincidencia en el hotel con el equipo nacional de halterofilia. Los arcenes de tierra de las carreteras principales, tanto para caminantes como para carros tirados de burros, como para salvar la situación de peligro que pueda crear un conductor incauto, normalmente libio, o la manguerita junto al inodoro, que despertaba nuestros jocosos comentarios e invitaba a la reflexión sobre quién es el guarro... No quiero olvidar nada, disfruté cada momento.
En Túnez uno puede deleitar sus sentidos al respirar el aroma del jazmín y un minuto después asquear el gesto al oler carne podrida en el final del día de mercado. Se puede comprobar con tristeza cómo las mujeres van solas o con otras mujeres, nunca mezcladas con hombres, sepultadas bajo telas de colores alfigidos; y recorrer después unos kilómetros en el tiempo para encontrarlas sentadas en las terrazas con grupos mixtos de amigos, luciendo unos pantalones tejanos y un bonito peinado. Alguien también podría fijarse en los comercios de los zocos, totalmente sobrecargados de platos de cerámica y de metal, de darbukas, de especias, de joyas y souvenirs negociados por un adulador muy insistente, que con una sonrisa cautivadora te invita a pasar a su tienda como si fuese su casa, y pasarse después a contemplar el lado de la vida en que uno cultiva su día a día en el huerto y acerca en un cajón a la carretera lo que le puede sobrar, para venderlo a quien pase si es que decide parar ahí y no donde ofrecen gasolina libia de contrabando en garrafas verdes.
Mi equipaje se ve engordado de buenos momentos después de aquella cena en la gran haima de Tozeur, con abuso abismal de aquel vino, disfrutando de un espectáculo con música, bailes, luchas de espadas, con aquel instrumento de viento que soplaba incesante sin extenuación. Las serpientes y escorpiones que impresionaban a las mentes occidentales allí presentes, nos eran menos temibles por vestir chilabas bordadas para la fiesta y turbantes correctamente instalados en nuestras cabezas, que habíamos adquirido a un comerciante practicando o dejándonos practicar el arte y deporte del regateo.
Me alegro de que aquel brrebaje tunecino nos entusiasmara y acabásemos expresando al guía nuestro agradecimiento y buen sentir por la presencia de aquel tipo extraño que lideraba la manada de Hakuna Matata, y le cantásemos con sinceridad, en humilde loor de multitudes, aquello de “Ridha javivi” (Ridha te quiero). Cuando quedamos el grupo de Tronco+25 entre Monastiri y Sousse, enfrente de la isla de Sicilia, donde me fotografié junto a Kalem, que conocía el fútbol español mejor que yo, donde practiqué el deporte acuático de la solidaridad ociosa en la piscina con aquel holandés flotante y sus taheños hijos voladores; y donde compartí un desplazamiento en tren con una tunecina de nombre palestino, con una bonita mirada y que además leía a Hemingway, con cuya animada conversación y perfecto conocimiento del inglés quedé embriagado...
Todo eso tan irrepetible, tan único, tan distante, tan antiguo, tan inolvidable, tan sumamente intenso que viví en Túnez... Creo que amo a Túnez.
Adiós Túnez, o dicho en tu lengua, bislama Túnez. Nunca te querré olvidar.
jueves, julio 24, 2008
Canción alegre de Gil Splitz
Maralán.
Morilán, baranil, dedillán.
y pimpom.
pira la cura billón.
pete la vela
cata la puebla
vega te peta brisón.
des papillón
berre peté
saca ni cabla sansón.
Mala madura
pier casadura
mara caristo mansón.
dimiribé
pic
disodesé
pac
cimari má sodisé.
mica mi cabla
mar cabidura
pica di mala madón.
sor morité
mar cosiyé
maca mi cabra
mar babilero
cada mataca
el dil sostelero.
porropo ron.
pic.
porropo ron.
pac.
porropo ron
porropo ron
tic tac
porropo ron
ron
*Para Gustavo, el uruguasso de la cuatro cero cuatro, el tipo del saxofón, allá donde existas.
El Torrao
lunes, julio 07, 2008
Berlín Este 1946: El repudiador repudiado
-Buenos días, ¿cuánto vale lavar el coche?
-¿Qué programa?
-No lo se, lo siento pero no soy de aquí
-Enjabonado, aclarado, encerado y abrillantado es el completo
-Pues el normal
-... Cuatro sesenta
-Pues tenga
-... Señor... Se tiene que meter en el coche...
-Ah, ¿si?. ¿No puedo verlo desde fuera?
-... Señor... Alguien tiene que sacar el coche del túnel...
-Ah, ya veo. Supongo que pocos días se encuentra usted con un cliente que nunca haya estado en un túnel de lavado... Yo, yo es que no soy de aquí... En mi pueblo lavo el coche en mi jardín con una pistola a presión. Allí tengo una casa grande y un montón de frutales, pero aquí en la ciudad no hay espacio para nada... ¿verdad?
-Por favor, señor... métase en el coche
jueves, mayo 01, 2008
El nacimiento de Sleipnir
Se abre el telón y aparecen en escena un comité de dioses longevos, vestidos con túnicas y ropajes con aire erudito y con gesto afligido, en compañía de un guerrero claramente extranjero.
Jinete: Será una gran muralla — les anuncia —, una barrera inconquistable para enemigos malintencionados. No más allá de dieciséis meses habrán pasado, que vuestras preocupaciones quedarán sepultadas.
Odín: ¿Y cuál será el precio de tal hazaña? — pregunta Odín el sabio serenamente —.
Jinete: Tan sólo la diosa Freya como esposa — contesta el desconocido como si de una cortesana hablara —. Y también el Sol y la Luna.
Narrador: Los dioses se enfurecieron ante semejante osadía, y habrían echado al hombre fuera de Asgard por atreverse a pensar que una hermosa deidad como Freya podía cambiarse por un trabajo de albañilería. Pero Loki quiso negociar.
Loki: Si puedes edificar la muralla en seis meses, trato hecho. — Se apresura enseguida a dominar las expresiones de sorpresa ante tal asunto, y susurra al divino consejo — En seis meses tan sólo podrá ser capaz de construir la mitad, pero al menos ésta no nos supondrá coste alguno.
Narrador: El foráneo alarife dirigió su mirada hacia la joven Freya, quien se bañaba en lágrimas de oro, quedó deslumbrado un momento y aceptó finalmente; solicitó únicamente cuidados para su caballo, su viejo compañero que le era vital en semejante empresa.
Narrador: Durante todo ese invierno, el extraño cabalgador trabajó duramente, y con la ayuda de su leal y aguerrido percherón acarreó suficientes piedras para levantar una gran muralla infranqueable alrededor de Asgard. Al llegar la florida primavera, la construcción iba muy avanzada y el tiempo se convertía en una soga para los dioses, pero puesta en el delicado cuello de Freya.
Odín: Imprudente de ti, Loki — reprende Odín enfurecido — creíste engañar a un embaucador, pensabas servirte de tus divinos talentos dando por amplia tu ventaja. Pues viendo que no es así, la responsabilidad te llama y precisa de tales talentos los tuyos. No pudiérase permitir que Freya fuera nunca esposa de tal hombre, quien además se viene sospechando como un gigante disfrazado. Y ni nombrare a los dioses supremos, el Sol y la Luna, y la sola posibilidad de perderlos en temeraria apuesta. A tus artes apremio a evitar dejarnos encerrados en media muralla sin diosa del amor y la sabiduría, sin el Sol, sin la Luna y con hondo oprobio. El honor... Altas cuestiones que aquí se ponen en juego y deberás pensar en partir exiliado.
Narrador: Loki reflexionó acariciando despacio sus luengas barbas y concluyó que había que tratar de engañar a un pícaro.
Loki: Concluiréis como yo que depende de su montura, pues aún tratándose de un burdo rocín, el abyecto rufián podría dejar de cumplir su parte de lo acordado si le falta la bestia.
Se cierra el telón. Con el telón abajo se oye la voz del narrador.
Narrador: Loki había sido bendecido con la facultad de la metamorfosis, y una ocasión siendo de noche, bajo el abrigo de la diosa Luna y, transformado en hermosa yegua, sedujo hacia sí al animal del obrero. Al despertar, aquel hombre taimado era sólo un recuerdo, y se encontraba ahora encolerizado al no verse capaz de acabar la edificación a tiempo teniendo que trabajar él solo. — Se oyen gritos desesperados —. En tal momento tenso, los peores presagios de los sabios se confirmaron al descubrir bajo ingenioso disfraz un gigante, gran enemigo de los dioses revelado a los rayos del Sol.
Se oye gran revuelo.
Narrador: Thor, nervudo hijo de Odín, se dirigió valientemente al encuentro del gigante y le confirió un fuerte golpe en el cráneo con el martillo de Miollnir. — Se oye un golpe seco, y otro después más perturbado —. Una vez neutralizado en gigante problema, Loki consideró seguro volver a Asgard y trajo consigo a Sleipnir, un extraño caballo gris dotado con ocho largas patas, que quiso ofrecer como obsequio a Odín.
Se abre el telón y aparecen en escena los personajes debidamente caracterizados.
Loki: Caballo alguno igualará jamás en velocidad a éste. No hallárase ni lejos que se buscara, bestia capaz de igualar a Sleipnir o compararse con su excelsa vigorosidad, ni menos aún que pudiera intentar competir en fuerza o resistencia. Es capaz de ir frenéticamente de un extremo a otro del horizonte tantas veces como para recorrer sin descanso los ocho vientos que soplan desde sus respectivos puntos cardinales. Este hierático animal cabalga igual por tierra, que por mar, que por aire. Serás prudente cuando conozcas también que, montando un aparentemente ordinario caballo, pudieras llegar a pisar la Tierra donde moran los Muertos y de nuevo vuelta aquí. Sabrás acometer tal asunto, lo que se ha llamado Asgardreid, con suma cautela.
Odín: Acepto tu honorable regalo en amable gesto tuyo, pero no como quien recibe un recuerdo ornamental, sino como quien asume una nueva condición para con el deber. Mi camino procurará ahora memorables aventuras y proezas montado en tan noble corcel, que saciarán tu conciencia y nos darán buen nombre. ¡Por Sol que este digno trotón y yo mismo seremos los guardianes de la Luna!![]()
Se cierra el telón.
FIN ACTO PRIMERO
El Torrao.
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sábado, abril 19, 2008
Lección de hoy: Aprehender y Emprender
Tu amada Minerva sopló su vela, cerró la puerta y accionó la cerradura desde su lado. Te ha excluido de su vida libre, resignada y pacíficamente, y no te has querido dar cuenta y ahora vienes humillado y alterado. Culpa tuya amigo, y de tu falta de serenidad. La niebla que te rodea y las ráfagas de luz que a veces te deslumbraban, despertaron tu locura más auto-destructiva para descentrar tu punto de vista. Y aún descentrado lo traes a mí como si a Alkibiades renacieras, preguntándote si era ella consciente de tu locura, ahora que lo eres tú, y si debería haberte apoyado o ayudado si tal vez te quería. Minerva aprendió a seguir respirando sin tu aliento, por mucho que pudiesen confundirte sus recuerdos de cariño, sus ojos melancólicos o su aparente delicadeza. Ahora te quiere, pero no cerca de ella, sino más indolentemente, no como entonces, no para algo... Dividió su día y te separó a ti y lo que puedas significar en su ánima, del resto de contexto en su ser y mientras tú... mientras, Julio has estado sin saber qué hacer, sin saber qué decir o cómo actuar, pero con los sentimientos no conscientes exageradamente confundidos. Y finalmente haces uso de tu vergüenza irracional, de tu incomprensión herida, de tu amor desenfocado y ofreces a la diosa un sacrificio humano, el tuyo propio. Tú mismo te has vencido Julio, ofreciendo en bandeja la victoria que las cimitarras persas no pudieron cobrarse en batalla. Ahora podrán hablar de que cayó Julio...
Te sientes desesperadamente convencido de que ya no podrás conocer la felicidad completa, que sin Minerva se evapora el verdadero amor. Piensas incluso que ella a su vez perdió la oportunidad y tal vez se arrepentirá también y, te repites "yo por loco y ella por despreocupada". Te percibes ahora condenado a lo que te suscita mirar a las estrellas, te ves allí lamentando lo que pudo ser y no fue, y casi ya adivinas conflictos con tu primer pensamiento del día. Bueno Julio, como te he dicho, tu prisma está confuso y vives una realidad paralela. Confía en que con el tiempo serás más optimista.
Es tiempo ahora de emprender campaña fuera de Roma. Rodéate de tus mejores centuriones y parte de viaje enrabietado sin mirar atrás, en busca de fundar un nuevo imperio y, tal vez allí en otros aires y entre féminas mortales seas más capaz de comprender y de asumir. Y con el espíritu sano, puede que entonces seas coronado César de tu imperio bajo una corona de laurel. Deseo, mi querido Julio, que sabrás forjarte un destino satisfactorio. Aprehende lo aprendido, lo sentido y lo vivido, y emprende tu propio camino fuera de Roma y fuera de Minerva.
Alea iacta est
El Torrao.
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sábado, marzo 01, 2008
Sociedad abuela
La noche que mi yerno mató a mi hija yo estaba en la casa. Llevaban ya un rato de discusión, tan acalorada como otras muchas veces. Yo, como en tantas ocasiones, escuchaba la riña desde mi habitación. Se hablaban con odio y se lanzaban improperios muy crueles. Mi yerno gritaba y daba golpes a las cosas, y cuando perdía la paciencia, algunas veces la ataba hasta que ella se calmara. Entonces mi hija volvía a la carga, y yo susurraba desde el cuarto contiguo: “No le provoques, hija”, como si de alguna forma pudiese llegar a merecer lo que después le ocurriera. La situación empeoró cuando mi yerno dijo que tras años no habían tenido hijos por culpa de mi hija, y que si no podía quedarse embarazada era una mierda de mujer y no servía para nada. Mi hija dio entonces un paso más, y le confesó que había ido varias veces de visita médica y que lo que ocurría era problema de él y su fertilidad. Mi yerno se sintió tan avergonzado, tan humillado y tan hondamente herido en su masculinidad, que cogió un cuchillo de cocina que había sobre la mesa y lo hundió en el cuerpo de mi Lolita dieciséis veces. Pagó así su ira con gesto desencajado y gritando “Así aprenderás, así aprenderás”. Ahora, ocho años después de aquello, sigo en esta casa que mi difunto marido comprara hace más de cincuenta años, y tengo que vivir a temporadas con mi yerno, pues tras cumplir condena por asesinar a mi Lolita, éste sigue siendo su domicilio, el domicilio conyugal. Me llamo Conchita Pereiro, tengo ochenta y un años, y tengo una historia triste que contar.
Fui yo quien enseñó a mi Lolita a ser una buena esposa, aunque, en vez de buena, me doy cuenta de que era más bien una esposa prepararla para la sumisión. En la época en que ella y yo vivíamos con su marido, se acostumbró a recibir órdenes por ambas partes. Yo le enseñé a cocinar, a tener la casa limpia, a coser, y sobre todo, a que al marido no le faltara de nada. La gente joven puede no comprender, que era lo normal. En esa época los políticos decían que “la mujer tiene un trabajo: sus labores, y un futuro: el matrimonio”. La sociedad lo aceptaba de manera general, principalmente porque no teníamos cultura ni personalidad. Muchas veces sonaba en la radio “Es mi hombre” de Sara Montiel y ambas cantábamos al son, mi Lolita tenía una voz muy dulce. Esa canción decía “Si me pega me da igual, es natural”, y en aquel momento nadie se planteaba la barbaridad que representaba asumir tal extremo. Los anuncios se dirigían a las mujeres cuando se trataba de vender productos de limpieza, y a los hombres si se trataba de publicidad de tabaco. Si el hombre en cuestión aparecía además rodeado de mujeres y una copa de brandy, se le ascendía a la posición de "hombre de verdad". Entonces las mujeres nos reuníamos en el mercado e íbamos de tenderete en tenderete sintiendo que era territorio femenino, era nuestro feudo entre iguales a los que no había por qué agasajar ni bajar la mirada en gesto de servilismo. Los pocos hombres que hubiera serían vendedores o mozos de cajas. También era común entre las mujeres cuando había visita en casa de algún caballero, que dejáramos a los hombres a solas para que hablasen de “cosas importantes” considerando que nosotras no podíamos saber nada de nada al pasar el día entre fogones y cuerdas de tender y, si acaso, podríamos ofrecer algún tentempié. Sin embargo si la visita era de una amiga, se recibía en la cocina.
Algo de todo esto queda y veo ahora mujeres modernas que mandan a sus maridos a comprar algún ingrediente que les haga falta para cocinar, mas el marido necesita de una lista y se ve muy inseguro en un entorno sin polvo, ni humo, ni obligación de usar casco. El “hommo inútillus” ha sido siempre una comodísima posición a adoptar por parte de los hombres, pues ha sido para ellos un escaqueo legítimo y que ni siquiera han tenido que solicitar o que ganárselo, sino que se les ofrece sin más. De alguna manera nosotras lo hemos consentido y provocado, y al “mandarles” a ellos a la compra nos asumimos aún como responsables de tal tarea de la casa, tarea de todos quienes allí habitan. Se da por descontado que un hombre de verdad no sabe comprar, ni cocinar, ni hacer camas, ni mucho menos conocer el proceso por el que una camisa arrugada y maloliente se convierte en reluciente y perfumada. También ésta postura machista ha sido cómoda durante mucho tiempo para las mujeres, pues nos ha eximido de tener que trabajar fuera de casa; lo malo es que el trabajo en casa no se ha considerado nunca trabajo, así que el amo y señor de la casa siempre era el mismo, el que traía el dinero al hogar. Es más, un hombre de verdad jamás consentiría que su esposa tuviera que trabajar. Entonces nos educaban con la idea de ser princesitas mantenidas, aunque finalmente terminábamos más bien de Cenicientas. A cuántos varones, niños incluso, se les libera del simple gesto de recoger la mesa o limpiarse los zapatos. Siempre hay una abuela, o una madre o una hermana que lo haga por él. Esto sigue latiendo cuando todas estas señoras preguntan ahora a sus nietos si “ayudan” a sus mamás en las tareas. “Ayudar a sus mamás”. Sigue siendo su responsabilidad entonces...
Siempre he controlado firmemente el modo de vestir o de maquillarse de mi hija. La eduqué para que fuese una señorita respetable y digna. Entonces confundíamos la dignidad con la castidad, y yo misma me sentí feliz cuando mi Lolita me dijera en el día de su boda que había esperado a abrir “su flor” cumpliendo una promesa que años atrás yo le hiciera perjurar. Había palabras que nos daba vergüenza pronunciar, por si era pecado o algo así, como virginidad por “la flor” o sexo, palabra que siempre fue camuflada y de forma tímida decíamos “seso”. Este tema siempre se ha satanizado y las mujeres entonces vivíamos el acto como algo pecaminoso, y nos quedábamos boca arriba con los brazos parados y los ojos fijos en la imagen de la virgen que pudiese haber en la habitación. Siempre se consideró un trámite para procrear y para que el marido se desahogara, pero no como un disfrute para nosotras, eso de ninguna manera. La que podía ser sospechosa de tal disfrute, o siquiera tuviese cualquier iniciativa con los hombres, se le llamaba buscona o fresca y se le dirigían miradas condenatorias.
En definitiva, a mi hija le eduqué para entregarla a un hombre y que cuidara siempre de éste, como si de un niño grande se tratara, a cambio de poco o nada, alguna joya a lo sumo; y pagó muchas veces mis imperdonables atrevimientos con su dignidad, y al final, con su propia vida.
Lo que me parece ver ahora es que vertí en mi hija miedos absurdos, mitos injustos y tabús fundados en el pecado mortal, para no ser nada por sí misma, sino para servir, para obedecer, para anularse, para no vivir, para morir... Y mi penitencia es ahora vivir en la guarida del mismo lobo que tantas veces he adorado y a quien tantos cuidados regalaba, mientras él mordisqueaba a mi propia hija entre sus fauces.
Nota del autor: Si alguien se sintiera ofendido/a por el texto que antecede, pido disculpas y que se vuelva a leer. El Torrao.
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miércoles, febrero 20, 2008
Cuenca Cuencos
Hace mucho mucho tiempo, cuando todavía no se habían inventado las palabras, vivía un pequeño grupo de hombres primitivos en las praderas de un país que ya no existe. Sus vidas eran tranquilas, pasaban el día recogiendo leña seca para calentarse y recolectando frutos en el bosque, que les servían como alimento y también como tinte para decorar su entorno, sus ropas o sus cuerpos. Convivían en armonía sin más sobresaltos que los provocados por alguna que otra fiera que no se dejaba cazar fácilmente.
Pero llegó un día, en mitad del verano, que amaneció muy nublado, el aire se hacía pesado al respirar y se oían cantos inquietos de muchos pájaros en el bosque. Era de día pero reinaba una gran oscuridad, no llovía pero la tierra que pisaban se sentía diferente. Un pequeño grupo de valientes había salido en busca de algún venado que cazar. En ese ambiente enrarecido todos ellos avanzaban agazapados y en silencio, y con el gesto muy tenso. Se miraban entre sí con desconfianza, y el sólo crujido de las hojas aplastadas por los compañeros que caminaban alrededor resultaban extremecedores.
Entonces los grandes y rectos árboles comenzaron a retorcerse cobrando formas sinuosas entre las penumbras. Los fuertes latidos del grupo y el aliento agónico se agravaron cuando apareció en el cielo, en un claro entre los árboles, un gran dragón de enormes alas y cola afilada. Las erupciones de fuego que expulsó entre sus colmillos atemorizadores, dividieron caóticamente a los cazadores, y empezaron a correr en todas las direcciones. El más joven tropezó y quedó atrapado en el suelo bajo un tronco de árbol que le inmovilizaba las piernas. Entonces el miedo se apoderó de él y la angustia le hacía permanecer de espaldas al peligro escupe-fuego. Permanecía con los ojos cerrados pensando, tal vez, que con ese gesto se libraría del dragón. Pero recordó entonces la manera con que el chamán de su poblado ahuyentaba los malos espíritus y augurios. Así que mantuvo los ojos cerrados haciendo mucha fuerza, dio tres palmadas acompasadas y muy sonoras. Seguidamente cerró los puños con todas sus fuerzas y gritando imitó los sonidos que recordaba del chamán: UUU, OOO, AAA. Por último extendió sus brazos abriendo bien las palmas y estirando bien los dedos. Empezó, poco a poco, a despegar los párpados y, en ese nuevo despertar el sol lucía en lo alto como si hubiese estado haciéndolo toda la mañana, no había rastro del dragón que sólo hacía unos instantes había revolucionado la escena con su presencia, y en su lugar se oían las más alegres melodías de los cánticos de los pájaros. Tampoco quedó ni rastro de la rama que le atrapaba, y un grupo de venados apareció tras los riscos como si nada hubiese ocurrido allí.
Desde entonces, todos los niños del mundo libramos batallas contra nuestros miedos y, siguiendo esos sencillos pasos, logramos salir airosos de todos los contratiempos. Mientras cobramos fuerza y seguridad ante los problemas vamos cayendo en la cuenta de lo efectivo que era aquel sistema sin palabras, sólo con gestos. Comprendemos la importancia de la actitud con la que abordemos nuestras vivencias. Fin.
El Torrao.
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martes, abril 17, 2007
Lo blanco de la luna
Miro despacio hacia el cielo y las gotas de lluvia golpean a la oscuridad de la noche. La luna sigue iluminando una parte del mar, hacia el horizonte. Y aquí estoy, sentado sobre el crujir de este mojado sillón de cuero blanco añorando el momento vivido sólo hace un rato desde otro sillón, allí arriba, en aquella ventana del hotel.
Había sido un día vacacional de esos agotadores y me encontraba junto al gran ventanal de la habitación del tercer piso. Frente a mí, longitudinalmente, se prolongaba el pequeño embarcadero. Un sinuoso camino de astillas que parecía dirigir la imaginación hacia el reflejo de la luna en el mar. Las escasas nubes que se adivinaban entonces en el cielo nocturno no conseguían opacar la brillante luz de la luna, que se empeñaba en resaltar su parte del mar más admirada, y ésta bailoteaba en alegre oleaje agradeciendo el protagonismo reconocido.
Lo blanco de la espuma en el litoral rompía el silencio absoluto de la noche en esta localidad tranquila. Pero a lo lejos se adivinaba el son de unos pasos, cuyos golpes contra el empedrado delataban su posición al otro lado de la plaza. Sentado en el sillón del hotel arrimaba la parte derecha de la cabeza hacia la ventana, queriendo concentrar mi capacidad auditiva en ese costado, pues parecía que los pasos se acercaban desde allí. No podía ver de quién se trataba porque en ese lateral de mi ventana el edificio se adelantaba hacia el mar. Habitaba en una gran L.
Los pasos se iban acercando y fui pudiendo apreciar que se trataba de una mujer. Los tacones sonaban arrítmicos contra el granito del suelo, casi torpes. Ya había oído ese andar, lo reconocí enseguida. Lo había visto por la mañana, en el muelle.
Estando en la terraza de la cafetería estaba curioseando el ambiente náutico bajo el sol. Los trajes azules de corte exquisito, los barcos a la medida del ego, el botox abundante y concordante con los complejos, el champán proveniente de barricas extranjeras, la contundente silicona en consonancia con las aspiraciones, las sonrisas carecientes de alma, etc.
En aquel ambiente refinado y cínico, donde el mar reflejaba la intensa luz del sol de Julio apareció una figura cegada entre los reflejos. La penumbra de los contrastes vislumbraba el contorno de una mujer con un vestido blanco, de esos de verano, tal vez de lino. Casi no la podía ver, no estaba lejos, pero toda esa luz alrededor de la chica me ceñía el gesto y coartaba mi curiosidad. La chica del vestido blanco parecía ajena al prototipo de mujer que había estado viendo por allí estos días.
Su piel era muy clara y se adivinaba suave en el contacto. Imaginaba desde la distancia que aquella chica de blanco no olía a perfume excesivo ni glamour extravagante, como el ambiente solicitaba, sino a vida, a frescor, a naturalidad. Escaseaban por el muelle unos zapatos como los suyos, sin tacón, de suela plana, pisando como pisan los humanos. Ella complementaba su calzado con una gracia inconformista en el andar y, casi sin doblar las rodillas, solicitaba la atención de todas las partículas del cosmos.
La misteriosa chica de blanco en el reflejo del sol, se recogió el pelo negro en la parte alta de la nuca de manera rápida, eficiente, mecanizada. Dejaba algún mechón que caía suelto, dando un toque improvisado a la perfección de las líneas de su cuello. La sombra torneaba la curva de su mandíbula, bajo la oreja, como queriendo indagar en sus secretos nunca revelados. La parte rugosa en la comisura del brazo, también aparecía sombreada y mostraba orgullosa su huella caprichosa, destinada a ser perpetuada por la genética.
Cuando se fue alejando del muelle, hacia el paseo, deleitando la atmósfera junto a un barco llamado Loreta, y dejara de pisar las tablas para encontrarse en el pavimento de la plaza, sacó de un bolso de tela y flores bordadas, unos zapatos de tacón que cambiaran su aire alegre para pasar a dar una sensación de compromiso, de seriedad forzosa. El caminar inestable que desplegaba hacia lo lejos me dibujó otra sonrisa, seducido por ver un terrícola en este reducto selenita.
Aquellos tacones repudiados y ese cadereo descoordinado se acercaba ahora en la noche atraídos por la fuerza magnética de la luna llena. Cuando estaba más cerca supe definitivamente que era ella, aún no la veía, pero esperaba verla aparecer en cualquier momento detrás de la pared del edificio. Una farola al otro lado de la calle delató una luz naranja que confesaba que la chica del vestido blanco se dirigía a un coche que no podía ver, por estar escondido tras mi propio edificio. Pero no me dio tiempo a lamentar mi suerte, porque al instante de oír el pitido de la alarma se oyó una gran explosión, y un segundo después la farola reflejó una gran llamarada que iluminó el embarcadero en competencia con la luna. Esa primera impresión me estremeció paralizado, pero lo que me levantó del sillón de la ventana de la luna, fue ver algo que volaba hacia el mar. Un bulto parabólico de color blanco cayó junto al embarcadero salpicando el reflejo de la luna en el mar. ¡Loreta!, me dije.
Salí corriendo hacia la calle, hacia el muelle, tenía que tratar de salvar a Loreta. No sé si cerré la puerta, no se si cogí las llaves, sólo corrí hacia la salida del hotel y, al traspasar el umbral de la puerta, encontré la lluvia, golpeándome la cara, como exigiendo mi intervención sensata ante tal situación.
Al zambullirme en la oscuridad húmeda traté de nadar hacia el fondo pataleando contra el peso extra que conformaban mis ropas mojadas, y consciente de ir en contra del correr del tiempo. Me movía eléctricamente mirando de un sitio a otro. Al fin vi una forma blanca, parecía estar enganchado, tal vez con unos hierros. Salí a la superficie buscando una bocanada de aire y de comprensión. Con la cabeza fuera del agua, era la lluvia quien me seguía mojando. Tomando aliento y mirando a la luna pensaba que aquello blanco en el fondo no era lo que buscaba, pero también pensaba que tal vez la angustia confundía a mis ojos. Volví a recuperar aquello de abajo fuese lo que fuese. Lo traté de desenganchar mientras seguía mirando alrededor queriendo adivinar alguna figura entre la oscuridad de las burbujas. Cuando saqué aquello del anonimato del mar, comprendí que lo que había salvado de morir ahogado era el asiento en cuero blanco del automóvil que aún humeaba en la plaza. Mis cansadas piernas, no acostumbradas a navegar, quisieron reposar allí mismo, en aquel asiento blanco rodeado de humedad, mientras exhalaba mis esperanzas entre sollozos. Me senté para mirar un momento hacia el horizonte lunar y caer en la cuenta de la realidad vivida, captada por los sentidos, que no gozaban de mi plena confianza.
Así que aquí estoy, sentado en un sillón blanco que no sé si existe, mirando a la luna y su reflejo, y esperando a que el momento se paralice eterno, o que la bruma y la marea me varen la respuesta que la luna no me da.
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